sábado, 13 de diciembre de 2008

los abuelos tambien sueñan.






Tres en punto de la madrugada de un sábado. Teodoro se levanta de la cama a causa del insomnio que no le abandona desde que cumplió los cincuenta, y de eso ya hace veinte años.

Para su edad se puede decir que la salud le ha respetado, nunca ha fumado y disfruta haciendo deporte, aunque a estas alturas sus ya-demasiado-fofos músculos solo le permiten andar e ir a la piscina. Decide ir a sacar la basura, le convence más esa idea que la de volver a la cama para estar al lado de una mujer que, aquejada de insomnio como él, prefiere fingir que duerme. Ya sabéis, apariencias.

Esa mujer, a la que él ya no conoce, no es su mujer. Su mujer murió hace tiempo cuando asumió su vejez, Teodoro no lo sabe, pero lo intuye. De la misma manera que sabe que ya no está enamorado de ella, pero la quiere, la quiere porque recuerda que la quiso.

Teodoro no ha decidido bajar la basura porque le molesten los restos de la cena, de hecho, ni siquiera huelen todavía. Es que Teodoro tiene un sueño: viajar. Aunque trata de ocultar(se)lo y por eso, de vez en cuando, como hoy, por la madrugada, se levanta a sacar la basura, por si al salir a la calle algo le empuja a no subir de nuevo.

Teodoro está más sensible de lo normal porque empieza a ver que con setenta años muy lejos ya no puede llegar y mientras sale por la puerta del portal comienza a pensar sobre si viajar es o no es una idea tan descabellada. Teodoro empieza a liberarse.

Al mismo tiempo que Teodoro decide subir a por la cartera y coger el próximo tren hacia Paris una mujer reprime una lágrima mientras se aleja corriendo-sin-correr de la entrada del hospital.

Yo los he visto, a los dos. Y sé que vivirán. Los dos. Felices.


1 comentario:

Guri dijo...

Y con qué más sueñan?

Me ha gustado, y la hago mía, sin preguntar.

"pero la quiere, la quiere porque recuerda que la quiso"