sábado, 1 de noviembre de 2008

Soledad


Era una tarde de otoño y el frío, abrasador, queriendo echarme una mano (aunque juzgando por las formas me la quería echar al cuello) cauterizaba las heridas que me causaron a golpe de besos de aire cortante.

Mientras las últimas gotas de alcohol hurtado a mis propios sueños explusaban de mí los pocos restos de energía que quedaban en él bajo embaucadoras y falsas promesas de calor, cariño y anextesia mí corazón debatía a cada suspiro si morir rogandole mil perdones por el pecado no cometido o morir ahogado en llanto por el abandono al que le habían sometido.

De cualquier modo, no había gesto, movimiento, suspiro o aliento que de un modo u otro no me recordara en mayor o menos medida a ella. a ella y a las palabras que usó para desterrarme de su(mi) vida.


fue esta tarde en la que creia querer y sentir morir cuanto tú apareciste por segunda vez en mi camino. Apareciste con esos ojos de miel que yo, recordaba verdes. vestias, con suma elegancia,
la escarcha de las mil noches de invierno en las que me mantuviste cautivo y, en el pelo, pude distinguir enredada, una de las hojas muertas del otoño en el que, ya de lejos, te vi llegar.

Sonreias, fue esa la primera vez que te vi sonreir, sonreias con cariño y dulzura y, tu sonrisa, desprendia ese calor que mis huesos tanto anhelaban. te acercaste un poco más a mí, parecias flortar sobre el asfalto pero podía ver tus desnudos pies bailando en el suelo. abriste los brazos y susurraste un "ven, seamos uno una vez más". se lo dijiste al aire y el aire me lo dijo a mí, me llego y me supo igual que el primer trago de tequila tras un año de abstinencia, tal y como huele al destapar un perfume que añorabas, o como cuando acaricias el viento tras una noche de sexo.

me lancé a tus brazos y lloré como niño que era. me acariciaste, como la última vez, pero algo había cambiado.

ahora yo te amaba. quise negarlo, quise huir de ti. pero esa vez era diferente. ahora yo me daba por vencido.

"Soledad" te dije,"mi niña, mi señora, mi dueña" murmure.

y abrazandote tan fuerte como pude acerqué mis labios a tu oreja y susurré tan bajo como mi garganta permitió "criatura".

me entregué a ti Soledad, tal y como tu quisiste. me entregué a ti en tu ausencia y me perdí en la locura del recuerdo de esos ojos dorados que, hubiera jurado, fueron verdes.

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